De mi propia vida

La vida de David Hume, el filósofo escocés, fue muy interesante, según él mismo. Entre otras cosas, cuenta que, aunque su familia le hizo estudiar Derecho, él siguió su sueño de dedicarse a la filosofía y logró tener éxito como filósofo. También relata que, aunque no nació en cuna de oro, gracias a su dedicación logró acumular una modesta fortuna, es decir, salió de la pobreza. Narró su vida de una manera muy amena y hasta alegre en un texto titulado On my own life, que escribió cuando obtuvo el diagnóstico de un tumor intestinal incurable. Dicho texto es muy breve, de tono sereno y sincero. Consciente del poco tiempo que le quedaba de vida, Hume reflexionó sobre su carrera, sus logros y su carácter. Una de las frases que más me conmovió cuando leí esta corta autobiografía de Hume dice «Siempre fui más afecto a mirar el lado favorable de las cosas que el desfavorable, éste es un rasgo mental que es mejor poseer que el haber nacido con una propiedad de diez mil libras al año». Hume escribió On my own life una tarde de abril de 1776; el 25 de agosto de ese mismo año, murió. Su pequeña autobiografía se publicó de manera póstuma.

Doscientos treinta y ocho años, diez meses y un día después de que David Hume escribiera su autobiografía, Oliver Sacks publicó un artículo con prácticamente el mismo título que usó Hume. My own life, del afamado neurocientífico, se publicó el 19 de febrero de 2015 en The New York Times y, un día después, se publicó la traducción al español en El País, titulada De mi propia vida. En dicho artículo, Oliver Sacks narra que nueve años atrás le descubrieron un melanoma ocular, un tipo poco frecuente de tumor en el ojo. Los tratamientos eliminaron el tumor, pero también lo dejaron ciego de un ojo. Y aunque es raro que ese tipo de tumores se reproduzcan, Oliver Sacks tuvo la mala suerte de desarrollar metástasis múltiples en el hígado. Se enteró un mes antes de publicar su artículo. Aunque puede retrasarse el avance de ese tipo de cáncer, no puede detenerse. Más que un diagnóstico, aquello le pareció una condena a muerte. Una condena que sabía próxima, aunque sin fecha precisa, y que clarificó su mirada.

Respecto a los meses que le quedaban, dijo «tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda». Pero esas palabras no venían de la desesperación o de la angustia que podría provocar la conciencia de tener poco tiempo restante de vida. Aunque él mismo admitía no poseer el carácter moderado de Hume, Sacks —aún deseoso de abrazar a los suyos, de despedirse, de escribir, viajar y aprender— se reconoció también en ese desapego por la vida que Hume expresó.

Leer las reflexiones de estos dos hombres sobre sí mismos, me obligó a reflexionar sobre mí mismo. En mi caso, no sé cuánto tiempo de vida me queda, y hasta donde sé, no tengo ninguna enfermedad que pueda llevarme a la tumba un día de estos. Pero si esta tarde tuviera que escribir mi autobiografía, no hablaría maravillas de mi propia vida. Mi carácter no es alegre y optimista como el de Hume y de Sacks. A diferencia de Hume, yo no soy un hombre de temperamento dócil, carácter abierto, sociable y alegre. Más bien soy reservado y serio. A diferencia de Sacks, no me siento increíblemente vivo, y no me emocionan tanto las posibilidades que me ofrece el futuro. Siento que apenas sobrevivo y pertenezco a una generación sin futuro, o al menos con un futuro incierto. Aún cerca de su muerte, Sacks tenía esperanza, yo, incertidumbre. Creo que mi pesimismo y mi tendencia a la melancolía me acercan más a Schopenhauer y a Cioran, si me quito la máscara de estoico que suelo portar.

Sin embargo, creo que esa satisfacción con la propia vida que expresan tanto Hume como Sacks se parece mucho a la definición de eudaimonía que tenían los estoicos y que estuvo profundamente influida por Sócrates. Tanto Hume como Sacks hablaron de sentirse contentos con su recorrido ya que vivieron en coherencia con sus valores. Pero esa forma de felicidad no requiere de un ánimo alegre, ni de optimismo. Según los estoicos, ese tipo de felicidad podría alcanzarse incluso bajo condiciones de extremo dolor físico o tortura. Cicerón ilustró esta idea tan radical con un ejemplo igual de radical, y quizá hasta exagerado. Decía que el sabio estoico sería feliz aún dentro del toro de Falaris, aquel horno de bronce en forma de toro usado para torturar gente quemándola viva.

Por eso mismo creo que, en ese sentido de felicidad, Schopenhauer fue feliz, y yo me daría por bien servido si, cerca de mi final, pudiera identificarme honestamente con unos versos que escribió en 1856, unos años antes de morir:

Finale

Cansado estoy ahora, al final del camino,
La débil cabeza apenas puede llevar el laurel:
Pero miro contento lo que he hecho,
Siempre impertérrito por lo que otros digan.

Aunque Schopenhauer nunca se declaró estoico, es claro que admiró a autores como Séneca y esa actitud al final de su vida refleja la serenidad y satisfacción con uno mismo propuesta por los estoicos. Un ideal tan bello como difícil de alcanzar. Séneca guió a uno de sus amigos para que llegara a cumplir ese ideal, le dijo a Lucilio «es incierto el lugar en que te aguarda la muerte, por ello, aguárdala tú a ella en todo lugar». Hume, Schopenhauer y Sacks escribieron sobre lo satisfechos que se sentían con su propia vida cerca de su muerte. Sacks, en especial, al enfrentarse a ella decidió dejar de lado lo superfluo: «De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global». Séneca o cualquier otro de los filósofos estoicos dirían que así hay que vivir toda la vida. Yo, ciertamente, aunque lo intento, no he vivido así. Hoy no podría decir sólo maravillas de mi propia vida, pero si he de aguardar la muerte en todo lugar y en todo momento, más me vale hacer cosas que pueda mirar contento una vez hechas y mantenerme impertérrito si alguna vez alguien dice algo de mí. Supongo que sólo así se puede ser feliz, al menos en sentido estoico o schopenhaueriano. Lo intentaré y, un día, descubriré si valió o no la pena.

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