Carta a Un Poeta

Una vez tuve una profesora que nos encargó, como trabajo final, una carta a uno de los autores que vimos en clase. Este fue mi trabajo. (Saqué 10 🤓) 


Estimado Ricardo Reis

¿De qué sirven la filosofía y el arte si no cambian nuestras vidas? Yo no creo que sirvan para nada si no nos permiten comprender el mundo y comprendernos a nosotros mismos, posibilitando con esta comprensión un cambio en nuestras vidas. Con esa convicción fue que decidí estudiar filosofía, atraído principalmente por el existencialismo francés, aunque, en el primer semestre de la carrera, el estudio de la filosofía antigua me llamó más la atención.

Aristóteles dice que todo lo que hacemos, lo hacemos con vistas a conseguir la felicidad, y esa idea me convenció, porque, en efecto, creo que de alguna manera, todas nuestras acciones las llevamos a cabo con la intención de acercarnos a un estado de tranquilidad, o alegría, o al menos para alejarnos tanto como sea posible, del dolor. Y todo mundo actúa, consciente o inconscientemente, guiado por estas motivaciones; todos, viejos y jóvenes, ricos y pobres, hombres, mujeres y personas que no se consideran ni hombres ni mujeres. Por eso también me convenció una idea de Epicuro, que “el que dice que aún no ha llegado la hora de filosofar o que ya le ha pasado es como quien dice que no se le presenta o que ya no hay tiempo para la felicidad”. Pero quizá cabría añadir un pequeño matiz. A veces, aunque sepamos que la felicidad se encuentra fuera de nuestro alcance, intentamos por todos los medios, evitar el dolor y el sufrimiento. Y para eso también sirve la filosofía. Cicerón dice “en realidad este es el efecto que produce la filosofía: cura las almas, hace desaparecer las preocupaciones, libera de los deseos, disipa los temores". Quizá Cicerón heredó esa idea de la filosofía como un remedio para curar las almas de los estoicos. Por ejemplo, Epicteto, uno de mis filósofos favoritos, comparó la escuela del filósofo con un hospital, un lugar del que no se sale contento sino doliente, porque es un lugar al que no se va sano.

Quizás se esté preguntando por qué digo todo esto. Permítame contarle algo: si decidí estudiar filosofía fue precisamente porque creí que la filosofía es capaz de cambiar vidas y yo quería cambiar mi vida. No es que mi vida fuera una absoluta tragedia, pero había dolores que me parecían innecesarios y que quería aliviar. Así que me inscribí a este hospital que es la escuela de filosofía buscando un remedio que curase mi alma, que hiciera desaparecer mis preocupaciones, que me liberara de los deseos y disipara mis temores. He encontrado muy poco si quiere saber la verdad. Pero de lo poco que he encontrado y que realmente me ha servido es su poesía. Y cuando la encontré, me pareció muy filosófica, así que me di el tiempo de leerla convencido de que siempre es tiempo para la felicidad.

Pero no crea que su poesía fue tema de una de mis clases, al menos no directamente. Debía leer el Libro del desasosiego, de Bernardo Soares, a quien seguramente conoce. En esta clase se mencionaron algunos otros heterónimos, es decir, las otras identidades poéticas que Pessoa inventó como Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y usted, Ricardo Reis. Yo no tenía ninguna intención de leer su poesía, si quiere saber la verdad, pero un día haciendo limpieza en mi habitación me puse a quitarle el polvo a una colección de libros de poesía que tenía olvidados y llamó mi atención que entre ellos había uno en cuya tapa decía Fernando Pessoa, poemas esenciales. Me alegré de encontrar algo de un autor que estaba estudiando en aquel momento, algo diferente, un libro de poesía. Dejé de lado algunos pendientes que sinceramente no hubieran aportado mucha felicidad a mi vida y me puse a hojearlo en cuanto pude. Cuando llegué a los poemas que usted escribió, me conmoví y creí que había encontrado un remedio más para los malestares que aquejan mi alma. Y ahora he decidido escribirle esta carta explicándole cómo sus palabras me han servido. No es que haya cambiado mucho mi propia forma de pensar, sino que mi forma de pensar y de ver la vida es ahora aún más distinta de las formas más comunes de pensar y de ver la vida, se han reafirmado algunas ideas, porque la poesía le ha añadido intensidad a la filosofía.

Entre sus poemas encontré uno que comienza así: Solo el tener flores hasta donde se pierde la vista / en las anchas alamedas de los jardines exactos / basta para poder / hallar dulce la vida. ¿Sabe? Me recordó unas palabras que mi profesora dijo en una de las clases y que anoté en mi libreta; dijo “soy tan rica que lo único que no tengo es dinero”. La mayoría de personas parece considerar que el ser humano está hecho para acumular bienes materiales y creen que su pensamiento es una herramienta que les permitirá en algún momento alcanzar la riqueza material, el reconocimiento de sus pares, la envidia de sus enemigos o la fama mundial, creo que a todo esto le llaman éxito. Así que estas personas se esfuerzan por vestirse y arreglarse de cierta manera, aprender finanzas, trucos de seducción, marketing, se endeudan para emprender negocios que tarde o temprano fracasan. Yo creo que Aristóteles tenía razón en eso de que hacemos todo buscando la felicidad, pero estas personas han confundido éxito con felicidad; han confundido la naturaleza humana, creyendo que el éxito es aquello que todos queremos alcanzar, pero como usted dice, solo tener flores basta para poder hallar dulce la vida. La búsqueda del éxito y de la fama trae consigo más tragos amargos que una vida sencilla.

Epicuro, que creía que el objetivo de la filosofía era eliminar el sufrimiento innecesario, dividía los deseos en distintos tipos: unos son naturales, otros vanos; de los naturales unos son necesarios y otros sólo naturales; y de los necesarios unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Luego recomendaba tener un conocimiento firme de esta clasificación de los deseos para poder dirigir nuestras elecciones a conseguir la salud del cuerpo y la serenidad del alma. Él creía que todo lo que hacemos, lo hacemos para no sufrir dolor ni pesar. No creía que buscamos naturalmente el placer, sino que lo buscamos cuando la ausencia del placer nos provoca dolor, pero decía que no hay necesidad de placer cuando no sentimos dolor. Quisiera saber si esto era lo que tenía en mente cuando en este mismo poema continuó con estos versos: De todo el esfuerzo mantengamos / las manos caídas, jugando, para que no nos agarre / y nos arrastre y así vivamos. / Buscando el mínimo de dolor o gozo, / bebiendo a tragos los frescos instantes, / transparentes como el agua / en copas bien labradas.

Otros versos de usted me recordaron la simplicidad de la vida propuesta por Epicuro, son estos: Quien poco quiere, todo lo tiene; quien nada quiere / es libre. Quien no tiene y tampoco desea, / siendo hombre, es igual a los Dioses. Creo que estos versos le gustarían a Epicuro tanto como a los estoicos. De hecho, aunque no lo recuerdo con claridad, creo que fue por Séneca que conocí aquella famosa sentencia de Epicuro: “nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”.

Otro de sus poemas me parece muy estoico y pienso que le gustaría muchísimo a Epicteto, quizá tanto como me gusta a mí. Y si quiere saber la verdad, fue por este poema que me decidí escribirle esta carta: Para ser grande, sé entero: nada / tuyo exagera o excluye. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así en cada lago toda la luna / brilla, porque alta vive. Creo que le gustaría a Epicteto porque me recordó una de sus disertaciones en la que recomienda que hagamos las cosas teniendo en cuenta todo el esfuerzo que conlleva lograr algo. Dice que si alguien quiere vencer en los Juegos Olímpicos debe someterse a un cierto régimen de alimentación y de entrenamiento, pero muchas veces las personas quieren vencer en los Juegos Olímpicos sin tener que someterse a ese régimen, porque existe la posibilidad de realizar todo ese esfuerzo y aún así perder. Creo que él no vería ningún problema en perder sino en no esforzarse tanto como nos es posible. Por eso dijo que hay que poner todo el esfuerzo o corremos el riesgo de actuar como los niños “que tan pronto juegan a los atletas como a los gladiadores, como a tocar la trompeta, como a representar cualquier cosa que vean y les admire. Así también tú: tan pronto atleta como gladiador, luego filósofo, luego orador, pero nada con toda tu alma”. Su poema me parece una invitación a poner toda el alma en lo que sea que hagamos como diría Epicteto. Solo que Epicteto era muy duro con sus alumnos y su forma de hablar muchas veces parece un regaño. Su poema, en cambio, parece una invitación que yo siento de parte de un amigo. Si fuera así, aceptaría la invitación y estoy seguro de que cambiaría mi vida. Si le parece bien, o más bien, aunque no le parezca, haré de cuenta que es de hecho una invitación y la aceptaré y mi vida cambiará, porque el propósito verdadero del ser humano es poner toda su alma, ser entero en todo lo que hace, siempre y cuando su propósito no sea tan banal como el éxito.

Gracias por su poesía llena de filosofía, si hubiera que seguir la comparación de filosofía y medicina, yo haría una diferencia: la medicina generalmente sabe mal, amarga o si son inyecciones, duele. Como dice Epicteto, de su escuela probablemente nadie salía alegre sino doliente. Y en efecto puede doler reconocerse como un enfermo del alma, como alguien que no ha sido entero en todo lo que hace, por ejemplo. Pero su poesía no es una medicina amarga ni se aplica con dolor, sino que es dulce y estimula, es decir, sirve para algo, para cambiar nuestra vida, para acercarnos, aunque sea un poco, a la felicidad, aunque no necesariamente al éxito. Pero ¿quién quiere éxito teniendo felicidad?

Atentamente:

Tonnybeth

El dolor en tiempos de Tiktok

Últimamente se habla mucho de salud mental. Últimamente parece que todos estamos tristes, solos y ansiosos. Tomo mi teléfono para distraerme de estas emociones un rato y en Tiktok y otras redes sociales lo confirmo. No es difícil encontrar a astrólogos justificando los malestares con Mercurio retrógrado, la fecha y la hora de nacimiento de las personas y la posición de la luna aquel día. Otros, los consteladores familiares, le atribuyen las desgracias personales a las heridas abiertas de la familia y recomiendan constelar. Los psicoanalistas, los coaches, los tarotistas, todo el mundo ofrece una explicación y una solución al dolor emocional. Así que dejo mi teléfono a un lado pensando en lo fácil que sería la vida si las respuestas fueran así de simples, pero seguro de que no lo son. O al menos no son respuestas que me puedan funcionar a mí. En mi caso, busqué la psicoterapia. Fui con una psicóloga que también hace tiktoks, pero sobre psicología basada en evidencia. Ella dice que es muy difícil saber a ciencia cierta si alguna de estas personas podría ayudarme o no, pero la tristeza es mala consejera y me siento tentado a constelar mi familia y a consultar mi horóscopo. Luego recuerdo que me he sentido triste y solo muchas otras veces en la vida y que algo que me ayudó a sentirme un poco mejor fue un par de historias.

A los 17 años, conocí a Óscar de la Borbolla, un escritor mexicano que por aquellos años salía en la televisión y las cosas que decía me parecían interesantes. Compré varios de sus libros, entre ellos, uno titulado Instrucciones para destruir la realidad, una compilación de ucronías, relatos ficticios que se publicaban como noticias en el periódico Excélsior. Uno de los relatos narra que se ha logrado desarrollar una medicina para enamorar y una similar para desenamorar. La medicina son unas pastillas que la persona interesada debe darle a alguien más para conseguir su afecto o para lograr el efecto contrario, según sea el caso. Lo mejor: es barata y se consigue en cualquier farmacia. Pero dicha medicina fue cuestionada y muy criticada cuando una persona se quitó la vida y dejó una carta dirigida a dos personas: a su esposa y a su amante. Ambas le dieron a aquel hombre pastillas para enamorarlo y él, al no poder decidirse por ninguna de las dos, prefirió morir, prometiendo que, si en el paraíso se reencuentra con ellas, le será fiel a ambas. Más de una vez he deseado que existieran las pastillas del amor, para conquistar un corazón, pero he debido conformarme con expresar mis sentimientos a cambio de rechazo.

Unos años después, leí la célebre novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, sobre la cual se basa la también célebre película Blade Runner. El inicio de la novela narra cómo Rick Deckard, el cazarrecompensas protagonista de la historia, despierta de buenas gracias a un aparato de ánimos y descubre que su esposa Iran tiene su propio aparato con una frecuencia muy baja, por lo que despierta decaída y cansada. Rick se sorprende, porque no tenía idea de que el aparato de ánimos Penfield podría servir para programar sentimientos de soledad y tristeza, como lo había hecho su esposa. Intentando corregir el aparato de Iran, para que ésta se sienta mejor, comienzan una discusión y se amenazan con marcar una ira tan intensa en su aparato de ánimos que llevaría a un conflicto marital bastante fuerte, a una discusión como nunca antes habían tenido. Pero para resolver el conflicto, acuerdan que Rick marque en los aparatos de ambos lo que le parezca conveniente.

En el de Iran marca un 594, que es el reconocimiento de la sabiduría superior del marido en todos los temas y en el suyo una actitud creativa y nueva hacia su trabajo. Me hubiera gustado ver esa escena en la adaptación cinematográfica, pero, por alguna extraña razón, no aparece. Algunas veces he deseado que existiera el órgano de ánimos Penfield, para marcar actitud profesional, esperanza o alegría, según la ocasión. También marcaría de vez en cuando algo de tristeza, porque, como dice Iran, es poco sano sentir la ausencia de vida y no reaccionar, percibir intelectualmente la soledad, y no sentirla. Luego, claro, marcaría conciencia de las posibilidades que me ofrece el futuro y esperanzas renovadas.

Varios años después, gracias a un buen amigo, conocí la obra de Etgar Keret a través de un cuento que me cautivó: Gotas. Narra la historia de un tipo que tiene una novia a la que quiere mucho, pero que, según sus palabras, «no es precisamente Marie Curie». Es una chica insegura, que se pasa el día pensando que el narrador, su novio, le va a ser infiel, que la va a dejar, y cosas así, aunque él la quiera con locura. Hasta que oye en la radio que alguien en Estados Unidos inventó una pastilla que hace que no te sientas solo, y pide la presentación en gotas. No la presentación en aerosol, porque quiere dejar de sentirse sola sin dañar la capa de ozono, claro. Las gotas se ponen en el oído y al cabo de veinte minutos la soledad desaparece, cuando las gotas actúan sobre no sé qué parte del cerebro. El narrador le reclama y le advierte que ni sus gotas la van a querer como él la ha querido. La respuesta es contundente: al menos las gotas no le serán infieles, como si él sí le fuera a ser infiel. Así que ella se muda, renta una buhardilla y espera todos los días al cartero con su cargamento de gotas para la soledad. ¿No sería mejor tener amigos en el extranjero y esperar sus cartas, en vez de gotas para no sentir la soledad? ¿No sería mejor tener a alguien a quien visitar, con quien salir a tomar unas copas y contarles sus penas y abrazarlos y llorar delante de ellos sin vergüenza y todas esas cosas? El narrador, evidentemente, lo prefiere, pero su novia prefiere no sentir soledad, incluso en la soledad, cuando su única compañía son unas gotas. Y para ser sincero, más de una vez he deseado que existieran esas gotas para dejar de sentir la soledad, que a veces es inevitable.

Pero todo esto es ficción, no hay pastillas para enamorar, no hay órganos de ánimos Penfield ni gotas para la soledad. Supongo que es algo inherente al ser humano querer evitar las distintas formas de dolor emocional, pero también el dolor es inherente a la vida. Algunos psicólogos ofrecen una explicación evolutiva. En los tiempos cuando el ser humano aún no era sedentario, tenía que cubrirse de la intemperie y ocultarse de las temibles bestias que podían acabar con su vida. Para todo ello, requería una comunidad y mucha atención a los detalles. Así que ahora, nuestro instinto de supervivencia nos hace querer encajar con las personas que nos rodean, como si al ser expulsados de la tribu quedáramos expuestos a las inclemencias del tiempo y a las bestias salvajes. Es claro que las cosas son diferentes ahora, y el rechazo de la tribu, de la comunidad, no nos sacará de nuestras casas, ni las bestias perseguirán nuestro rastro hasta alcanzarnos y devorarnos. El rechazo no es una condena a muerte. Pero aún queremos pertenecer, aún sentimos el rechazo y la soledad como peligros mortales.

Hace unos años, Melissa Hill, una estudiante de neurociencias descubrió que el Tylenol, que no es otra cosa que paracetamol, puede aliviar las manifestaciones corporales del dolor producido por un corazón roto. No sorprende que una doctora recomiende paracetamol para aliviar el desamor. Y el Tylenol sí existe. Y existen muchos otros fármacos recetados por psiquiatras para ayudar con la depresión, la ansiedad y otros malestares emocionales.

Por mi parte, durante algún tiempo me pregunté si no habría otras formas de relacionarnos con nuestras emociones. Tal vez no con la depresión o la ansiedad severas, que requieren terapia psicológica o incluso medicación, pero sí con esas formas de dolor que tarde o temprano nos fastidian la vida y que pueden llevarnos a lugares sumamente oscuros de nuestra mente.

Encontré una respuesta en los filósofos estoicos. Nuestras emociones, según estos antiguos sabios, son un reflejo de nuestros pensamientos. Pensar que tener amistades y pareja es algo vital y pensar que el rechazo es algo terrible, nos llevará a necesitar pareja y amistades, y a temer el rechazo. Contentarse con uno mismo haría que la compañía y la pareja sean deseables, pero no necesidades vitales, y haría que el rechazo se convierta en una posibilidad que, de realizarse, podría causar incomodidad, pero no impediría la felicidad. He intentado llevar a la práctica esta y otras enseñanzas de los antiguos estoicos, y también intenté con psicoterapia, que de hecho toma algunas técnicas de la filosofía antigua. Pero, confieso que aún hay ocasiones en las que deseo que existieran las pastillas para el amor, las gotas para la soledad o el órgano de ánimos Penfield. Y en más de una ocasión, he comprado Tylenol.