El dolor en tiempos de Tiktok

Últimamente se habla mucho de salud mental. Últimamente parece que todos estamos tristes, solos y ansiosos. Tomo mi teléfono para distraerme de estas emociones un rato y en Tiktok y otras redes sociales lo confirmo. No es difícil encontrar a astrólogos justificando los malestares con Mercurio retrógrado, la fecha y la hora de nacimiento de las personas y la posición de la luna aquel día. Otros, los consteladores familiares, le atribuyen las desgracias personales a las heridas abiertas de la familia y recomiendan constelar. Los psicoanalistas, los coaches, los tarotistas, todo el mundo ofrece una explicación y una solución al dolor emocional. Así que dejo mi teléfono a un lado pensando en lo fácil que sería la vida si las respuestas fueran así de simples, pero seguro de que no lo son. O al menos no son respuestas que me puedan funcionar a mí. En mi caso, busqué la psicoterapia. Fui con una psicóloga que también hace tiktoks, pero sobre psicología basada en evidencia. Ella dice que es muy difícil saber a ciencia cierta si alguna de estas personas podría ayudarme o no, pero la tristeza es mala consejera y me siento tentado a constelar mi familia y a consultar mi horóscopo. Luego recuerdo que me he sentido triste y solo muchas otras veces en la vida y que algo que me ayudó a sentirme un poco mejor fue un par de historias.

A los 17 años, conocí a Óscar de la Borbolla, un escritor mexicano que por aquellos años salía en la televisión y las cosas que decía me parecían interesantes. Compré varios de sus libros, entre ellos, uno titulado Instrucciones para destruir la realidad, una compilación de ucronías, relatos ficticios que se publicaban como noticias en el periódico Excélsior. Uno de los relatos narra que se ha logrado desarrollar una medicina para enamorar y una similar para desenamorar. La medicina son unas pastillas que la persona interesada debe darle a alguien más para conseguir su afecto o para lograr el efecto contrario, según sea el caso. Lo mejor: es barata y se consigue en cualquier farmacia. Pero dicha medicina fue cuestionada y muy criticada cuando una persona se quitó la vida y dejó una carta dirigida a dos personas: a su esposa y a su amante. Ambas le dieron a aquel hombre pastillas para enamorarlo y él, al no poder decidirse por ninguna de las dos, prefirió morir, prometiendo que, si en el paraíso se reencuentra con ellas, le será fiel a ambas. Más de una vez he deseado que existieran las pastillas del amor, para conquistar un corazón, pero he debido conformarme con expresar mis sentimientos a cambio de rechazo.

Unos años después, leí la célebre novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, sobre la cual se basa la también célebre película Blade Runner. El inicio de la novela narra cómo Rick Deckard, el cazarrecompensas protagonista de la historia, despierta de buenas gracias a un aparato de ánimos y descubre que su esposa Iran tiene su propio aparato con una frecuencia muy baja, por lo que despierta decaída y cansada. Rick se sorprende, porque no tenía idea de que el aparato de ánimos Penfield podría servir para programar sentimientos de soledad y tristeza, como lo había hecho su esposa. Intentando corregir el aparato de Iran, para que ésta se sienta mejor, comienzan una discusión y se amenazan con marcar una ira tan intensa en su aparato de ánimos que llevaría a un conflicto marital bastante fuerte, a una discusión como nunca antes habían tenido. Pero para resolver el conflicto, acuerdan que Rick marque en los aparatos de ambos lo que le parezca conveniente.

En el de Iran marca un 594, que es el reconocimiento de la sabiduría superior del marido en todos los temas y en el suyo una actitud creativa y nueva hacia su trabajo. Me hubiera gustado ver esa escena en la adaptación cinematográfica, pero, por alguna extraña razón, no aparece. Algunas veces he deseado que existiera el órgano de ánimos Penfield, para marcar actitud profesional, esperanza o alegría, según la ocasión. También marcaría de vez en cuando algo de tristeza, porque, como dice Iran, es poco sano sentir la ausencia de vida y no reaccionar, percibir intelectualmente la soledad, y no sentirla. Luego, claro, marcaría conciencia de las posibilidades que me ofrece el futuro y esperanzas renovadas.

Varios años después, gracias a un buen amigo, conocí la obra de Etgar Keret a través de un cuento que me cautivó: Gotas. Narra la historia de un tipo que tiene una novia a la que quiere mucho, pero que, según sus palabras, «no es precisamente Marie Curie». Es una chica insegura, que se pasa el día pensando que el narrador, su novio, le va a ser infiel, que la va a dejar, y cosas así, aunque él la quiera con locura. Hasta que oye en la radio que alguien en Estados Unidos inventó una pastilla que hace que no te sientas solo, y pide la presentación en gotas. No la presentación en aerosol, porque quiere dejar de sentirse sola sin dañar la capa de ozono, claro. Las gotas se ponen en el oído y al cabo de veinte minutos la soledad desaparece, cuando las gotas actúan sobre no sé qué parte del cerebro. El narrador le reclama y le advierte que ni sus gotas la van a querer como él la ha querido. La respuesta es contundente: al menos las gotas no le serán infieles, como si él sí le fuera a ser infiel. Así que ella se muda, renta una buhardilla y espera todos los días al cartero con su cargamento de gotas para la soledad. ¿No sería mejor tener amigos en el extranjero y esperar sus cartas, en vez de gotas para no sentir la soledad? ¿No sería mejor tener a alguien a quien visitar, con quien salir a tomar unas copas y contarles sus penas y abrazarlos y llorar delante de ellos sin vergüenza y todas esas cosas? El narrador, evidentemente, lo prefiere, pero su novia prefiere no sentir soledad, incluso en la soledad, cuando su única compañía son unas gotas. Y para ser sincero, más de una vez he deseado que existieran esas gotas para dejar de sentir la soledad, que a veces es inevitable.

Pero todo esto es ficción, no hay pastillas para enamorar, no hay órganos de ánimos Penfield ni gotas para la soledad. Supongo que es algo inherente al ser humano querer evitar las distintas formas de dolor emocional, pero también el dolor es inherente a la vida. Algunos psicólogos ofrecen una explicación evolutiva. En los tiempos cuando el ser humano aún no era sedentario, tenía que cubrirse de la intemperie y ocultarse de las temibles bestias que podían acabar con su vida. Para todo ello, requería una comunidad y mucha atención a los detalles. Así que ahora, nuestro instinto de supervivencia nos hace querer encajar con las personas que nos rodean, como si al ser expulsados de la tribu quedáramos expuestos a las inclemencias del tiempo y a las bestias salvajes. Es claro que las cosas son diferentes ahora, y el rechazo de la tribu, de la comunidad, no nos sacará de nuestras casas, ni las bestias perseguirán nuestro rastro hasta alcanzarnos y devorarnos. El rechazo no es una condena a muerte. Pero aún queremos pertenecer, aún sentimos el rechazo y la soledad como peligros mortales.

Hace unos años, Melissa Hill, una estudiante de neurociencias descubrió que el Tylenol, que no es otra cosa que paracetamol, puede aliviar las manifestaciones corporales del dolor producido por un corazón roto. No sorprende que una doctora recomiende paracetamol para aliviar el desamor. Y el Tylenol sí existe. Y existen muchos otros fármacos recetados por psiquiatras para ayudar con la depresión, la ansiedad y otros malestares emocionales.

Por mi parte, durante algún tiempo me pregunté si no habría otras formas de relacionarnos con nuestras emociones. Tal vez no con la depresión o la ansiedad severas, que requieren terapia psicológica o incluso medicación, pero sí con esas formas de dolor que tarde o temprano nos fastidian la vida y que pueden llevarnos a lugares sumamente oscuros de nuestra mente.

Encontré una respuesta en los filósofos estoicos. Nuestras emociones, según estos antiguos sabios, son un reflejo de nuestros pensamientos. Pensar que tener amistades y pareja es algo vital y pensar que el rechazo es algo terrible, nos llevará a necesitar pareja y amistades, y a temer el rechazo. Contentarse con uno mismo haría que la compañía y la pareja sean deseables, pero no necesidades vitales, y haría que el rechazo se convierta en una posibilidad que, de realizarse, podría causar incomodidad, pero no impediría la felicidad. He intentado llevar a la práctica esta y otras enseñanzas de los antiguos estoicos, y también intenté con psicoterapia, que de hecho toma algunas técnicas de la filosofía antigua. Pero, confieso que aún hay ocasiones en las que deseo que existieran las pastillas para el amor, las gotas para la soledad o el órgano de ánimos Penfield. Y en más de una ocasión, he comprado Tylenol.



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